Las recientes lluvias que han afectado la Ciudad de México y gran parte del país, nos hacen volver a reflexionar sobre las condiciones en que seguimos trabajando en la mayoría de las organizaciones, sobre todo en Latinoamérica.

Aunque nos encontramos inmersos en la llamada sociedad del conocimiento, en la cual, precisamente se considera al conocimiento como el centro de la producción de la riqueza y el principal activo para el progreso, seguimos trabajando bajo estructuras de la época de la Revolución Industrial, dando prioridad a las horas trabajadas como si esto tuviera una relación significativa con la producción, o el hecho de hacer venir a trabajar a los empleados todos los días, en lugar de aprovechar los avances tecnológicos para trabajar de forma remota.

Al final del día o de la semana ¿qué es lo que nos debería importar más? ¿Qué nuestros colaboradores cumplieron cabalmente con su horario? ¿O que cumplieron con sus objetivos establecidos?

Las jornadas de 8 horas se establecieron en una época donde las fábricas requerían de un esfuerzo manual más que creativo, en donde de algún modo hacían sentido las horas que trabajaba un empleado pues iban relacionadas con lo que producía, pero esto, hoy en una época donde se requiere resolver problemas, donde los trabajos no son repetitivos, donde es necesario crear e innovar, estás jornadas parecerían fuera de contexto. Y sí, puede que para algunas organizaciones aun proporcionen valor las jornadas de 8 horas, pero en la mayoría de los casos no tiene sentido.

De acuerdo a cifras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), México encabeza la lista de los países que más horas trabajan al año con 2,246, y sin embargo, esto no representa que seamos uno de los países más productivos. De hecho, en el Informe de Competitividad Global 2016-2017, publicado por el Foro Económico Mundial, que proporciona una visión de la productividad y prosperidad en 138 economías, México ocupa el lugar 51.

El caso de Alemania, quien al año solo trabaja 1,371 horas y se encuentra en la posición 5 en el Informe de Competitividad, nos permite ilustrar de manera adecuada que no existe una relación directa entre la productividad y las horas trabajadas.

No estoy proponiendo que se reduzcan las jornadas de trabajo, aunque es algo que ya se ha experimentado en países como Suecia y han logrado reducir el ausentismo, mejorado la productividad y salud de los trabajadores. Lo que en mi opinión se debería de buscar es lograr que en las organizaciones cada una de las personas que ahí trabajan, tenga objetivos bien establecidos de qué es lo que tiene que lograr. Si al finalizar la semana estos objetivos no se han cumplido ¿qué más da que haya trabajado jornadas de 8 o más horas? El resultado no se obtuvo.

Al tener los objetivos definidos, una persona tiene la capacidad de decidir desde dónde le conviene trabajar, algo de mucha ayuda sobre todo en ciudades como la nuestra, en la cual para desplazarse es cada vez más complicado debido a la carga vehicular y peor cuando las lluvias de esta temporada se hacen presentes.

Otra ventaja de trabajar por objetivos y no por horas, es que cada persona tendría la ventaja, y a su vez responsabilidad, de administrar su tiempo, lo cual podría traer beneficios como salir temprano o tomar el día libre, lo que a su vez puede traer un equilibrio entre la vida personal y el trabajo.

Estamos viviendo en un punto de inflexión en el que deberíamos acelerar los cambios respecto a la forma en la que trabajamos. Y sí, es verdad que en muchos empleos sería impensable dejar las jornadas de 8 horas o comenzar a trabajar a distancia, pero estoy seguro de que la tendencia es que sean menos.

Las organizaciones deberían realizar planeaciones que permitan a todos conocer cuáles son los objetivos que se pretenden alcanzar y los individuos deberían comprometerse a ser lo suficientemente productivos para alcanzarlos.

Sobre el autor: Omar García.

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